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    Cirrosis: qué es, causas y tratamientos quirúrgicos

    Más frecuente en varones que en mujeres, la cirrosis es una enfermedad que suele comenzar de manera asintomática. Llevar controles de salud periódicos y prestar atención a los síntomas que se asocian a la misma, son de vital importancia para tratarla lo antes posible.

    Consumo excesivo de alcohol. Esa es la causa a la que la población asocia la palabra cirrosis. Pero la realidad es que esta enfermedad, que afecta al 2% de la población española de más de 50 años y que es la causante en el mundo de 800.000 muertes al año, se produce por diferentes factores que nada tienen que ver con el alcohol.

    Al igual que otras enfermedades que cursan de manera subclínica, es decir, de forma asintomática en sus inicios, es importante prestar atención a síntomas a los que muchas veces se resta importancia, pero que, de no ser tratados a tiempo, pueden complicar tanto la calidad de vida de la persona que sufre cirrosis, como su esperanza de vida.

    ¿Qué es la cirrosis?

    El término “cirrosis” se utiliza desde hace dos siglos para definir la etapa final de las enfermedades hepáticas crónicas con diferentes etiologías, es decir, con diferentes orígenes que la causan.

    Las características clínicas de la cirrosis se conocen desde la antigüedad. El papiro de Ebers, el primer papiro médico conocido, y que fue escrito alrededor del 2600 a. C., describe la “ascitis” (acumulación excesiva de líquido dentro del abdomen), como una enfermedad asociada con la “dureza del hígado” y un consumo excesivo de alcohol.

    Sin embargo, los avances recientes en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades hepáticas crónicas, han cambiado significativamente la historia natural de la cirrosis.

    De acuerdo con el concepto actual, la cirrosis hepática es una condición heterogénea, en múltiples etapas y con pronóstico variable. La cirrosis se considera un proceso bifásico dinámico, basado en numerosos informes clínicos, que indican la reversión de la fibrosis avanzada y la cirrosis después del cese de la lesión perpetua.

    Principales síntomas de la cirrosis

    Como ya hemos comentado, los inicios de una cirrosis pueden pasar desapercibidos, al tratarse de síntomas a los que, en muchas ocasiones, el paciente no presta demasiada atención.

    Por esta razón, conviene saber cuáles son los principales síntomas de una cirrosis:

    • Hinchazón abdominal (ascitis), debido a la retención de líquidos y sal. Retención que también se puede dar en las extremidades inferiores.
    • Ictericia, es decir, la coloración amarilla de la piel debido al mal funcionamiento del hígado y que se suele asociar con la hepatitis.
    • Sangrado gastrointestinal, debido a la ruptura de varices en el aparato digestivo y que son las que requieren de una intervención de gravedad, aunque también se pueden iniciar con un sangrado injustificado de las encías o de la nariz y la aparición de hematomas con mucha facilidad, en la piel.

    Causas de la cirrosis

    La cirrosis puede ser consecuencia de diferentes causas como:

    • Obesidad, de hecho, los expertos en medicina interna estiman que debido al aumento de la obesidad entre la población adulta, el número de personas que pueden sufrir cirrosis en los próximos años se podría multiplicar por cuatro.
    • Enfermedad del hígado graso no alcohólico y que dificultaría el buen funcionamiento del hígado.
    • Elevado consumo de alcohol y que deriva en lo que se conoce como cirrosis hetílica.
    • Hepatitis B o C, que se conoce como hepatitis viral crónica
    • Enfermedades autoinmunes que causa la hepatitis autoinmunitaria y que afecta, principalmente, a mujeres.
    • Enfermedades colestásicas, debido a la acumulación de ácidos biliares y procesos inflamatorios
    • Exceso de hierro, producido por hemocromatosis hereditaria, en cuyos casos es importante estudiar los antecedentes familiares.

    La cirrosis se desarrolla después de un largo período de inflamación que da como resultado la sustitución del parénquima hepático sano por tejido fibrótico y nódulos regenerativos, lo que lleva a la hipertensión.

    La enfermedad evoluciona de una fase asintomática (cirrosis compensada) a una fase sintomática (cirrosis descompensada), cuyas complicaciones, a menudo, resultan en hospitalización, deterioro de la calidad de vida y alta mortalidad.

    La hipertensión portal, la inflamación sistémica y la insuficiencia hepática impulsan el desarrollo de la enfermedad.

    ¿Cuál es su tratamiento?

    El manejo de la cirrosis hepática se centra en el tratamiento de las causas y complicaciones, pudiendo ser necesario el trasplante hepático en algunos casos. Esto se debe a que se trata de una enfermedad irreversible y, por tanto, carece de tratamiento médico específico.

    Existen dos tratamientos comunes a estos pacientes::

    • Dietético: para un cambio de hábitos en la dieta, pudiendo incluirse, en algunas ocasiones, la suplementación de vitaminas y minerales.
    • Farmacológico: para evitar, principalmente, la retención de líquidos y las hemorragias digestivas que, como hemos dicho antes, pueden resultar muy graves.

    Además, existen una serie de complicaciones que se pueden dar en el paciente con cirrosis y que requerirán de un tratamiento quirúrgico, como en los siguientes casos:

    • Varices esofagogástricas: ya que pueden llegar a ser mortales para el paciente y, por tanto, requieren de intervención e ingreso hospitalario.
    • Tumores hepáticos: que se suelen tratar con laparoscopia en función del tamaño del tumor, aunque también existen tratamientos menos invasivos para los más pequeños.
    • Descompensación hepática: que se da en aquellos pacientes cuya esperanza de vida es corta y, en consecuencia, requieren de una intervención quirúrgica para extirpar la parte del hígado en la que se encuentra el cáncer o un trasplante de hígado.

    Todos los tratamientos, a excepción del trasplante de hígado, se realizan en nuestro Hospital, con todas las garantías de seguridad para nuestros pacientes.

     

    En conclusión

    Los desafíos futuros incluyen una mejor detección de fibrosis o cirrosis temprana, identificación temprana y reversión de factores causales y prevención de complicaciones.


    Artículo validado por el Dr. Juan Carlos Meneu, Jefe de Servicio de Cirugía General y del Aparato Digestivo en Hospital Ruber Juan Bravo (Quironsalud) y Director Médico en Oncocir.  Especialista en Cirugía General, Aparato Digestivo de Trasplante de Órganos (European Board Certified). Profesor Titular de Cirugía en la Universidad Europea de Madrid


     

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